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CONVOCATORIA

                 ENCUENTRO DE LA                  AMÉRICA ROMÁNICA                                           ...

martes, 16 de agosto de 2016

Texto



LA  GUERRA  DE  SUDAMERICA 
CONTRA  EL  NORTE
Un poco conocido cuento de anticipación de 
Alberto Edwards.


A
lberto Edwards (1873 - 1932) fue político, experto en asuntos financieros y administrativos, historiador y sociólogo aficionado, autor de cuentos policiales y precursor del cine chileno. Es una figura principal de la llamada Generación del Centenario, que reaccionaba con sentido nacionalista contra lo que veía como decadencia en Chile hacia 1910. Su obra más conocida, La fronda aristocrática, interpretación de la historia de Chile independiente a la luz de la oposición autoridad presidencial-oligarquía, ha sido juzgada “la mejor interpretación existente de nuestra historia nacional republicana” por Mario Góngora (Prólogo a la 11a edición, Universitaria. Santiago, 1991; 1a ed., 1928).
Como ensayista histórico, Edwards ha sido comparado a sus contemporáneos, el argentino Ernesto Quesada (La época de Rosas, 1898) y el venezolano Laureano Vallenilla (Cesarismo democrático, 1911), con los que comparte un realismo de corte “sociológico” y un relativismo histórico que les permite una mayor comprensión del pasado (cf. T. Pereira, “El pensamiento de una generación de historiadores hispanoamericanos: Alberto Edwards, Ernesto Quesada, Laureano Vallenilla”, revista Historia, Univ. Católica de Santiago, N° 15, 1980). Es verdad que Edwards fue un “dilettante” como historiador, pero véanse las palabras de Friedrich Meinecke, citadas por Góngora (en el prólogo citado), sobre el valor del dilettantismo. Fue también de los primeros en Chile en acusar recibo de las poderosas ideas de Oswald Spengler; en cierto modo, fue un spengleriano avant la lettre. La lectura de La Decadencia de Occidente, confesó, fue “como si me hubieran puesto unos anteojos con los que veo claros los mismos objetos que antes entreviera confusamente" (“La sociología de O. Spengler”, artículo de 1925 en Atenea). El conocimiento de Spengler, afirmaba Góngora, fue iluminador para Edwards y "ha rematado una evolución de su pensar teórico, elevando a un rango más metafísico su primer punto de vista 'realista'...’’ (Fronda, p.25).
Miembro de la Cámara de Diputados entre 1909 y 1912, teniendo fama de ser el más antidemocrático de los diputados (M. Rivas Vicuña, Historia Política y Parlamentaria de Chile, t. I, p.245), se había retirado de la vida parlamentaria, convencido de que “aquello no podía durar” y porque “en materia de palizas” prefería no estar entre los que las recibían (Fronda, p. 197 n.). Contribuyó a dar vida al Partido Nacionalista, fracasado intento por superar el estancamiento político de la República Parlamentaria y abordar con realismo los problemas económicos y sociales (1914 - 1918).
Finalmente la “paliza” prevista llegó en 1924. En medio de la crisis política desencadenada, Edwards adhirió al gobierno de Ibáñez, por entender que representaba éste “la reconstrucción radical del hecho de la autoridad” y porque prefería “un dictador de espada” a uno “de gorro frigio” (Fronda, p. 278-279). Se le ha tenido por “conservador”, pero, a parte de serlo en un sentido muy general (admiraba, por supuesto, a Burke), el pensamiento de Edwards se diferencia netamente de lo que por entonces se llamaba conservatismo en Chile y no es poco crítico del sistema político y social. Podría decirse, tal vez, por analogía con la publicitada corriente alemana, que propugnaba una "Revolución Conservadora" a su modo.

El Pacífico Magazine
Junto con el escritor Joaquín Díaz Garcés, Edwards animó desde 1913 la revista Pacífico Magazine, novedosa publicación y quizás la primera “moderna” en Chile. Reunía crítica política y social, comentarios internacionales y económicos, literatura y arte. La situación de los inquilinos del campo chileno, o la de la industria salitrera; el avance amenazador del imperialismo norteamericano, desde el Caribe hacia América meridional; el flamante movimiento futurista; todos estos eran temas que ocupaban sus páginas. O “la felicidad en la vida modesta”, rúbrica permanente de la revista, bajo la cual se quería contribuir a la formación de una “burguesía libre, culta, digna, capaz de transformar a nuestro país, y aun de llegar a dirigirlo" (PM 1, p.45 ss.): era la idea de una clase media industriosa, frugal, independiente, que se encuentra también en Francisco Antonio Encina; no un hecho puramente económico , sino ante todo espiritual, que se reflejaba hasta en el modo de vida. O bien se proponía la unión aduanera con Bolivia, como primer paso hacia la unidad política de los países hispanoamericanos (PM 13, 1914, p. 3 ss.).
Pacífico Magazine publicaba también, además de “folletines” de autores extranjeros, cuentos; una antología del cuento chileno podría abrevarse cómodamente en esta fuente: allí están las páginas de Ángel Pino (Díaz Garcés) y las del propio Edwards, bajo los pseudónimos de Miguel de Fuenzalida y de J.B.C. Este da vida, por ejemplo, a Román Calvo, el “Sherlock Holmes chileno”, y al que nos interesa ahora, Julio Téllez, héroe de la guerra sudamericana contra EE.UU. (“Julio Téllez”, por J. B. C, PM 10, 11 y 12, octubre a diciembre de 1913). Este cuento fue incluido por el escritor Manuel Rojas en un volumen Alberto Edwards - Cuentos Fantásticos (Zig-Zag, Santiago, 1951), pero poco tiene de “fantástico”, en la acepción especial que en literatura tiene el vocablo; más cuadraría clasificarlo dentro del género de “anticipación” o de “política-ficción”, O quizás en el utópico, pero se trata, en todo caso, de una utopía muy particular.
Julio Téllez
“Son las once de la mañana del miércoles 3 de noviembre de 1925. Un sol tibio y descolorido logra apenas traspasar las brumas que con tanta frecuencia entoldan la atmósfera del Pacífico oriental, por las alturas del desierto de Atacama. El mar está tranquilo como una balsa de aceite. El 'Guillermo Subercaseaux', magnífico trasatlántico de 50.000 toneladas, de turbina y tres hélices, el más poderoso de la Compañía Sudamericana de Vapores, surca majestuosamente las aguas en demanda del puerto, a su velocidad reglamentaria de veinticinco millas por hora...”
Así comienza el cuento que motiva estas páginas. Los elementos de anticipación, vistos desde el Chile de 1913, son fácilmente reconocibles: el famoso “Titanic”, hundido en 1912, desplazaba 47.000 toneladas y era entonces el mayor trasatlántico del mundo. En cambio, la Compañía Sudamericana de Vapores existió y existe realmente, aunque no sabemos si ha tenido alguna vez trasatlánticos como aquél. Guillermo Subercaseaux fue contemporáneo de Edwards, político y economista, fundador del Partido Nacionalista y defensor, entre otras, de políticas de protección y defensa de la marina mercante nacional. Ignoramos igualmente si algún barco chileno ha llevado jamás su nombre.
Prosigue el relato. Rápidamente es introducido Julio Téllez, de quien hablan los pasajeros del “Guillermo Subercaseaux” como de un hombre de dotes excepcionales; está próximo a viajar desde Tacna, donde sesiona el congreso de la Confederación del Pacífico, a Europa, investido de plenos poderes. Nos enteramos más: Téllez nació hacia 1880 en Chiloé, en la región austral de Chile: “el Napoleón sudamericano, al igual que su predecesor europeo, había nacido en una isla apartada, pobre y bravia”. Su bisabuelo paterno había acompañado a Menéndez en sus viajes de exploración de la Patagonia occidental; el abuelo fue oficial del ejército de Quintanilla, en la postrera resistencia española contra los patriotas. La madre era hija de un pulpero italiano que se decía descendiente de Cayo Mario... Napoleón y Mario, pues: no están mal como auspicios. Mas adelante, el autor insistirá en la comparación con ¡César! Comparaciones que, como se verá, no estaban del todo injustificadas.
Hasta entonces modesto oficial civil en la localidad chilota de Chonchi –proseguía "J.B.C."-, Téllez había aparecido en Santiago a fines de 1914; a partir de un negocio de colonización de tierras australes, el humilde chilote hace fortuna en la Bolsa: “Fue un axioma en la calle de la Bandera que quien no estaba con Téllez estaba perdido”. “Nadie era capaz de resistir a sus seducciones, ni de comprender sus cálculos”. Audaz, inescrupuloso, generoso pero sencillo en su vida personal, muy luego se hace elegir diputado al Parlamento: “las gentes perspicaces comenzaron a comprender que la política como la Bolsa también tenían un amo”. Así, sin saberlo, Edwards anticipaba la opinión de Spengler de que hombres de negocios al estilo de Cecil Rhodes eran los constructores de imperios, los “césares” del mundo actual.
Y el advenedizo milagroso va realizando el programa del mismo Edwards, de Subercaseaux, de Encina y de otros nacionalistas de la Generación del Centenario. “El 3 de agosto (de 1915) se dictaba la Ley de Protección de la Marina Mercante Nacional, presentada por don Guillermo Subercaseaux”. Verdadero jefe de gobierno, desde la sombra (un rasgo que lo asemeja esta vez a Portales, que prefería “mandar a los que mandan”), Téllez impone el tratado de paz y amistad con Perú en 1916; luego, la unión aduanera con Bolivia. La compañía Antártica, fundada por Téllez, por supuesto, emprendía en vasta escala la colonización de la Patagonia chilena, “y aún no concluía ese año fecundo, y ya Téllez echaba las primeras bases de la Gran Combinación Salitrera, que, con el auxilio eficaz del Gobierno, iba a nacionalizar en poco tiempo la gran industria del norte”.
Comienzan entonces las complicaciones internacionales. Téllez da prueba una vez más de sus habilidades de jugador y especulador. Cuando Inglaterra y Alemania pretenden intervenir en defensa de los derechos de sus ciudadanos, dueños hasta entonces de la riqueza salitrera, el chilote obtiene el apoyo de EE.UU., interpretando la doctrina Monroe “en un sentido favorable a la soberanía de los países americanos”. Pero cuando Washington, a su turno, protesta por “ciertas medidas tendientes a dificultar la dominación del capital norteamericano en Chile”, son las potencias europeas las que respaldan a la nación sudamericana. La política de Téllez se basa, pues, en el equilibrio de poderes en beneficio de Chile.
Pero falta aún lo mejor. A la formula de Monroe, Téllez opone otra: “América del Sur para los americanos del sur”. Su nombre suena en Bolivia, en Ecuador y en Perú casi tan alto como en Chile... “Hasta en Brasil surgió un nuevo Conselheiro, que a la cabeza de millares de fanáticos se levantó para proclamar Mesías, Salvador de América, al ex oficial civil de Chonchi”. En 1918 se funda la Confederación del Pacífico, entre Ecuador, Perú, Bolivia y Chile, con Tacna como capital federal. Téllez declina la presidencia que se le ofrece por unanimidad, y es elegido para ese cargo un ecuatoriano. En 1922 Colombia y Venezuela adhieren a la Confederación. Panamá quiere seguir este ejemplo, pero EE.UU. no se lo permite; Téllez fracasa esta vez al intentar mover las influencias europeas contra la potencia del norte. En 1924 comienzan las conversaciones para el ingreso de Argentina; interfieren con este proyecto las aspiraciones argentinas de que la capital federal se establezca en Montevideo, y el recelo con que los agricultores chilenos miran la competencia de la agricultura trasandina.
Una jugada maestra
Retomando el hilo de la narración, cuando el “Guillermo Subercaseaux” atraca en el puerto de Antofagasta, en espera de que Téllez se embarque como se había anunciado, los pasajeros se enteran sorprendidos de que el chilote se encuentra viajando por aire con rumbo desconocido. En 1913, y aún en 1925, se hubiera requerido particular audacia en un estadista para que llegase a emplear esa vía. Téllez en efecto, viaja hacia Londres en un “aeroplano Avalos, de 400 caballos” y a 250 km.p.h. La gravedad de la situación internacional lo justifica; EE.UU. se niega a garantizar la igualdad de todas las naciones en el uso del canal de Panamá (inaugurado recién en 1914, recuérdese); se teme la guerra entre este país y Alemania e Inglaterra. La conferencia de Tacna, que debatía la cuestión de la capital federal, había sido interrumpida por Téllez, que venía de obtener la neutralidad de Brasil y solicita, con su personal estilo, la alianza con Argentina. Luego emprende su viaje misterioso. “Mucho hemos luchado” -dirá- “por esta causa de la América del Sur, que es la de Chile y la de todos nosotros. Hace un siglo conquistamos la independencia política, pero hemos continuado siendo simples factorías de la industria y del capital extranjero. Mientras sólo nos dominaron las naciones de Europa, no supimos sentir el peso de esas cadenas (...) Llegaron después los americanos del Norte. Esos no sólo poseen la energía, sino también la inconsciente crueldad de la niñez (...). Han triunfado, sin disparar un tiro , por la sola fuerza del capital y de una cultura superior... Es tiempo de que esto termine... y terminará...” Está por efectuar su jugada maestra.
Los acontecimientos se precipitan, y la narración
de Edwards alcanza efectos dramáticos. Veinte acorazados norteamericanos entran a la rada de Arica y presentan un ultimátum: la Confederación del Pacífico debe declarar su neutralidad en el conflicto que va a estallar entre EE.UU y las potencias europeas, o la escuadra yanqui abrirá el fuego sobre Arica, y será la guerra. Al cumplirse el plazo de rigor, el gobierno de la Confederación, que obra por instrucciones de Téllez, responde con un “no” al ultimátum. Y no sólo eso: “La guerra no está ya tan sólo declarada -dijo el presidente-. Ella ha empezado. En estos momentos los cañones de Arica rompen fuego sobre vuestra escuadra”.- “¿Cree el Señor presidente -dijo palideciendo el enviado norteamericano- estar dentro del derecho de gentes?” “Sí -repuso el presidente-, desde que estamos en guerra... Vaya Ud. con Dios”.
Mientras tanto, Téllez llega sorpresivamente a Londres y se entrevista con el secretario del Foreign Office, ofreciéndole la alianza de la Confederación. El inglés receloso, no la acepta. “Los estadistas europeos despreciaban y aborrecían a la vez a aquel individuo raro, semibárbaro, salido repentinamente de la obscuridad en esa América tumultuosa e infantil, que por tanto tiempo consideraron una tierra de tráfico, análoga al Congo o al Senegal”. “¡Alianza!” –pensaba el canciller británico- “En nuestras antiguas guerras coloniales, los rajaes de la India fueron a veces nuestros aliados. Se batían por ser nuestros subditos y no los del Gran Mogol o los de Francia... Así comprendería yo una alianza con ese Téllez…"
Con todo, la situación para Inglaterra es preocupante. Y también para Alemania: tanto, que el Kaiser Guillermo II llega también Londres en aparente visita de cortesía. Los gobernantes europeos dan por seguro que la escuadra de la Confederación del Pacífico va a ser destruida por la yanqui, con lo que EE. UU. se habrá librado de un peligro potencial antes de enfrentarse con sus rivales del Viejo Mundo. Cuando llega un cable sobrecogedor:
“...Hoy al amanecer se presentaron sorpresivamente delante de Panamá quince acorazados de la Confederación del Pacífico y una escuadra aérea de cincuenta aeroplanos de gran poder. Estas fuerzas rompieron inmediatamente sus fuegos sobre la plaza. La resistencia habría sido larga y obstinada y el resultado dudoso; pero a las dos horas de haberse iniciado el combate estalló el parque norteamericano de Pedro Miguel, y pocos minutos después dos de los tres fuertes que guarnecían la ciudad volaron por los aires. (...). Los mismos habitantes de la ciudad, aunados, entregaron la plaza a la marinería sudamericana,que la ocupó sin resistencia poco antes de las diez de la mañana. A mediodía los aeroplanos del general Pacheco tomaron tranquilamente posesión de Colón, completamente desguarnecido...”
Todo había sido preparado por Tellez. Previamente, la escuadra de la Confederación se había hecho a la mar, para no encontrarse con la escuadra yanqui que se dirigía a Arica. La aviación, mandada por el boliviano Pacheco, se había dirigido a Isla de Pascua para abastecerse de combustible, y continuar hacia un objetivo que sólo se le revelaría en el último minuto. Llamado a reunirse con el emperador alemán y el ministro ingles, Tellez puede exponer la situación militar: EE.UU. no puede reaccionar inmediatamente al golpe de mano en Panamá, con parte de su flota en aguas de Chile y otra en el Atlántico; la escuadra del Caribe no puede operar sola contra la sudamericana... Debe organizar un ejército de desembarco... Todo le tomará unos quince días. Pero, preguntaba el chilote a sus interlocutores, “¿no es verdad que antes de ese plazo las escuadras de Alemania e Inglaterra estarán también allí? –“Es verdad- contestaron casi al mismo tiempo, Guillermo II y el canciller de la Gran Bretaña”. Es, pues, la alianza.
La noticia del bombardeo de Arica ha provocado efectos internos en Chile: despierta la oposición a Tellez. Grupos sediciosos se forman en los barrios apartados de Santiago. La Federación de Estudiantes organiza “un gran mitin… con objeto de pedir la caída del Ministerio, la separación de la Iglesia del Estado y el castigo de un sargento de policía acusado de exceso de severidad en la represión de un desorden..." Por los años 20 a la FECh embargaba un pacifismo de ribetes anarquistas que, si bien en la realidad se opuso a una eventual guerra con Perú, verosímilmente pudo oponerse también a la guerra concebida por Alberto Edwards. En la ficción, un “ex pedagogo destituido el año anterior por el Gobierno”, Belarmino Parraguez, pronuncia un discurso con todos los tópicos de la juventud progresista de la época: “Se nos arrastra a la barbarie (...) ¿Qué significaban esos decantados progresos con que el gobierno pretende adormecer al pueblo?... Nada para el eterno espíritu del hombre..., nada para la emancipación de las conciencias..., ningún golpe asestado a la ignorancia y a la superstición... “El despotismo va a desplomarse víctima de sus propios errores...; la humanidad..., la civilización y el progreso, van a obtener una gran victoria...” Enardecida por el discurso, una gran multitud avanza por la Alameda. Se va a manifestar frente al edificio del Chile Nuevo, diario de Tellez. “No pocos estudiantes llevaban piedras en los bolsillos. Es regla general que esos despliegues de cultura no terminen sin vidrios rotos”. Pero, de pronto los reflectores del Chile Nuevo proyectan la última noticia en el cielo nocturno: “¡Panamá ha sido ocupada por nuestra escuadra!”. La manifestación opositora se disuelve en medio de gigantescos clamores de ¡Viva Chile!, y Parraguez “se deslizó prudentemente por una calle atravesada”.
Sin embargo, Tellez es realista. Navegando en la flota anglo-alemana que se dirige a América, calcula que la guerra con EE.UU. será difícil y costosa. El objetivo, asegurar la independencia de Panamá y de América del Sur, puede alcanzarse por otros medios. Entonces, con su audacia de jugador, vuela a Washington en un “hidroplano” de la escuadra inglesa y se entrevista con el Secretario de Estado, Mr. Robinson. Le propone nada menos que la “doctrina Robinson”, por la cual EE.UU., reivindicando su derecho a establecer tarifas y condiciones de tráfico en el canal de Panamá, reconoce derecho semejante a los propietarios del proyectado canal de Atrato, en territorio colombiano; esos propietarios son la Confederación del Pacífico, Alemania e Inglaterra. Franquicias idénticas garantizarán, en definitiva, la libre navegación por cualquiera de los dos canales. Así, un arreglo comercial evita la guerra o, mejor dicho, su intensificación. Un arreglo comercial que resulta vital, por razones diferentes, para EE.UU., para las potencias europeas y para la Confederación del Pacífico.
Reflexión




Así concluye el cuento de Alberto Edwards. Se puede sonreír y llamarlo “utopía”. En casi ochenta años desde que fue escrito, la Confederación del Pacífico no ha llegado a ser realidad. Menos aún parece concebible una acción militar común de los países hispanoamericanos, no ya contraria, sino independiente de EE.UU. Sin embargo, para Europa no han ido mejor las cosas. En lugar de enfrentarse a la creciente potencia norteamericana, Inglaterra y Alemania prefirieron destrozarse entre sí. Y, casi al término del siglo, en la reciente Guerra del Golfo Pérsico se vio a las naciones europeas acoplarse simplemente a la “cruzada” yanqui, sin que a sus gobernantes se les pasase por la cabeza la idea de mantener un cierto equilibrio de poder en el mundo. Es que renunciaron hace tiempo a una política efectivamente independiente.
Con todo, la literatura de ficción puede mostrar posibilidades de modo más elocuente que el ensayo u otra prosa “seria”. Si la suerte favoreció extraordinariamente a Tellez en la ficción, en la realidad las naciones sudamericanas aún podían pensar en contrarrestar en poder de EE. UU. a comienzos del siglo XX (recuérdese el ABC, combinación diplomática entre Argentina, Brasil y Chile); por otra parte, la Guerra Europea pudo no haber tenido lugar en la forma en que se dio. La suerte no produjo un estadista sudamericano de la talla del de la ficción, ni la concurrencia de circunstancias favorables; sólo aquí está el carácter “utópico” de la obra de Edwards.
En su Filosofía de la Historia, Hegel entrevio la posibilidad de una guerra futura entre América del Norte y la del Sur. Como país del futuro, América no le interesaba. Cien años más tarde, Alberto Edwards recogió la idea y mostró, junto con la posibilidad, lo que desde Hegel sigue siendo un destino.

G.ANDRADE



Publicado en Ciudad de los Césares N° 24, Mayo/Junio de 1992.






martes, 12 de julio de 2016

Nuevo número

¡EN CIRCULACIÓN!



Ciudad de los Césares N° 108
Julio / Septiembre de 2016


El Solsticio de Junio trajo una buena noticia: una de las principales entidades mundialistas sufría una grave crisis interna, con la secesión de uno de sus miembros, el aliado más fiel de la superpotencia global. Los hijos de la rubia Albión tendrán sus razones –y seguramente no todas se puede igualmente compartir-; mas el gesto se aplaude; ¡y cómo no ha de constituir él tentación y desafío para otras naciones, que no sólo en la vieja Europa querrían asimismo “salir”de las estructuras globalitarias impuestas!

Congruentemente, en este número de Ciudad de los Césares nuestro redactor E.R. titula su comentario con una sola palabra: Exit.  No sólo los límites de la iniciativa británica se señalan allí, sino también las condiciones de aquello que se denomina genéricamente “populismo”; y también la pregunta por posibilidades semejantes en Chile y nuestra América. No sin relación con el anterior es el tema que propone el escritor francés François Bousquet: “Para terminar con los derechos humanos”. Por su parte, Guillermo Andrade, en sus “Variedades”, revisa el tema de la ciber-desobediencia civil. “De utopías y quimeras” es, en cambio, la preocupación de Renato Carmona en esta ocasión; nociones que, como se verá, no carecen de actualidad. No es sólo de interés histórico la pregunta: “¿Qué hacía Julius Evola en Viena en 1945?”, que hace uno de los mayores conocedores del pensador italiano, Gianfranco de Turris; la cuestión es “la hipótesis de los ritos masónicos rectificados”.

“Una inversión de alianzas se impone”, dice el politólogo francés Yannick Sauveur, en coloquio con nuestra redacción: sobre Jean Thiriart, Aleksandr Dugin, Eurasia, personajes y tópicos bien conocidos en todo un mundo de opinión, se habla en este coloquio. El historiador italiano Renzo Giorgetti publica, por su lado, una nota “En recuerdo de Augustin Cochin”, uno de los pioneros en la historiografía revisionista sobre la Revolución Francesa. Cristina García, filósofa mexicana, aborda en cambio el tema clásico de “La Magnanimidad”. El diálogo entre dos representantes connotados de la Generación chilena de 1938 se encuentra en “Magia y poesía. La crítica de Eduardo Anguita a Ni por Mar, ni por Tierra, de Miguel Serrano”, a cargo de Australis. “Vivir peligrosamente” es la presentación que el Director de Ciudad de los Césares hizo del libro de igual título, antología de textos de nuestro malogrado amigo, el escritor mexicano José Luis Ontiveros. Y la juvenil Sofía Tudela, desde Perú, nos aporta “El río aún canta”, texto de prosa poética que busca las fuentes de la Tradición. Por fin, como siempre, están los Libros, armas del combate cultural, reseñados para la ocasión: Una historia jamás contada, de Bernardino Bravo Lira; Patria y Libertad, de José Díaz Nieva; Rudolf Hess, enigmático emisario de paz, de José Miguel Acosta Blanco y Jesús Lorente Liarte, y Cabalgando con Kalki, de Sergio Fritz Roa.

Y para terminar, lector, nos encontrarás en Septiembre próximo en el VIII Encuentro de la América Románica, que congrega en Santiago a hombres libres del continente. Hasta entonces.

sábado, 30 de abril de 2016

¡CIRCULA!



El 19 de mayo pasado se presentó, en la sede de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), en Santiago,
la obra

Vivir Peligrosamente,

que reúne los artículos de
José Luis Ontiveros,

publicados en 

Ciudad de los Césares 



lunes, 14 de marzo de 2016

CONVOCATORIA



                ENCUENTRO DE LA  
               AMÉRICA ROMÁNICA 




                                                                                    Lectores y amigos de Ciudad de los Césares (Chile)
                           y de El Pampero Americano (Argentina):


                                       Tenemos el agrado de invitarlos a participar en el VIII 
                                                          Encuentro de  América   Románica, primero conjunto                               entre las  dos publicaciones, a realizarse  en dos jornadas en 
 Santiago, Chile, el 23   y 24 de setiembre de 2016.
                                        Los interesados podrán presentar en esa ocasión ponencias 
                                              sobre la Política, la Cultura o,   en general, sobre  los temas que han ocupado a estas dos revistas.
                                                   Las ponencias deberán ser enviadas para su aprobación y                                                     ordenamiento, antes del 31 de julio, a los siguientes 
e-mails:
                                                                                ciudad_de_los_cesares@yahoo.com  y                                                                                    pampeamericano@yahoo.com.ar
                                             Téngase en cuenta, para calibrar la extensión de las 
                   respectivas  ponencias, que cada expositor dispondrá 
de 20 minutos para presentarla.

                                                       Arnaldo C. Rossi, director de El Pampero Americano.
                                                      Erwin Robertson, director de Ciudad de los Césares.

lunes, 22 de febrero de 2016

RECUERDO DE MIGUEL SERRANO


El domingo 28 de febrero, a las 12 horas, la revista Ciudad de los Césares  realizó un acto de homenaje al escritor Miguel Serrano, en el séptimo aniversario de su partida.

El acto tuvo lugar frente a la tumba de Miguel Serrano, en el Cementerio General de Santiago.

Como en otras ocasiones, el homenaje consistió en el depósito de un clavel blanco en la piedra que señala sus restos mortales.

domingo, 18 de octubre de 2015


DE CIUDAD DE LOS CÉSARES


AL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL





El público puede llevarse sorpresas. Los nombramientos en el Tribunal Constitucional no son el más apasionante de los temas para la mayoría de los chilenos, que bien pueden incluso no sospechar la existencia de este importante y –en ciertos círculos- discutido organismo. El último de estos nombramientos constituyó una tempestad…, en un vaso de agua, por el momento. Pues, descubrió The Clinic online*, el recién nombrado tenía un escalofriante pasado: nada menos que redactor y colaborador por “al menos siete años” de Ciudad de los Césares. Y ocurre que esta revista, informa siempre The Clinic, está “catalogada dentro del grupo de producción (sic) política y cultural neonazi (sic) por organismos de inteligencia”. Tal parece haber establecido la llamada Agencia Nacional de Inteligencia, en un “documento secreto”, emitido (en agosto de 2012) a petición del Fiscal Nacional Sabas Chahuán y por denuncia (!) de la senadora Lily Pérez.
Desde luego, hay que distinguir. La opinión que merezca la institución del Tribunal Constitucional, o el sistema de nombramiento de sus miembros, es una cosa. Otra, que cualquiera de estos miembros tenga las opiniones políticas que quisiere tener, de acuerdo a su libertad de conciencia –y en una sociedad tan liberal como la chilena-; o que colabore o haya colaborado en las publicaciones en que lo haya tenido a bien. Y otra todavía, que la publicación a que en este caso se alude sea objeto, en esta liberal sociedad, de una   inquisición –en el sentido propio de la palabra-, con “documentos secretos” –esto es, no susceptibles de contraste o refutación-; y que, en virtud de ello, por las imputaciones que se le hacen, se pretenda que la dicha publicación sea proscrita de la comunión cívica y del trato entre gente decente. Este último punto es el que nos interesa.
Hablamos de lo que se tiene por un crimen de pensamiento ‒ya que no de obras. Y mientras un turiferario de Pol Pot puede recibir algo más que tolerancia, y un apologista del Estado de Israel puede hasta tener asiento en el Senado de la República, en casos como este no hay redención ni clemencia. Mas, ¿serán efectivos cargos tan graves?
Hasta cierto punto, el público debería sentirse tranquilizado: si uno de los redactores de una revista llega a un organismo como el Tribunal Constitucional, quiere decir que la tal revista no es un grupo de skin heads. The Clinic reconoce que Ciudad de los Césares se ha defendido del “mote” de hitleriana, pero la impresión que deja es que hace fe de las conclusiones de la citada agencia de inteligencia. Cierto, los datos que proporciona son en general correctos; pero el método de asociación culpable que maneja (The Clinic o su fuente) no es el más adecuado para definir un pensamiento: tal es hermano o amigo de tal, tal autor es leído también por tales, etc.









Ciudad de los Césares es una revista de ideas; pluralista en sus temas y puntos de vista, aunque claro que con posiciones tajantes en algunas materias; original –creemos- y novedosa en el medio chileno. En sus páginas se puede encontrar desde L. F. Céline hasta D. H. Lawrence; desde Alberto Edwards y Joaquín Edwards Bello hasta Armando Uribe y Miguel Serrano; de Carl Schmitt a Foucault; del Che Guevara a Osama bin Laden, de Hugo Chávez a Jean-Marie Le Pen; del revisionismo histórico al esoterismo, y del Seguro Obrero a Santa María de Iquique, entre muchos otros temas y figuras. Autores nacionales y extranjeros de prestigio la distinguen con sus colaboraciones. No es fácil –ni honesto- reducirla a uno solo de sus intereses, ni deducir de ello perversas afiliaciones.
Sin embargo, según las ocasiones, CC ha sido “acusada” de nazi, pagana, tradicionalista, islamista o  chavista –acusaciones no siempre compatibles entre sí, desde luego-; pero lo que los acusadores no han podido hacer en ningún caso es armar un expediente con las pruebas del caso. Sólo palabras.
Veamos como lo hace The Clinic. “Han realizado [los redactores de CC] diversos homenajes a Miguel Serrano y otros autores afines al Tercer Reich” –dice. Dejemos por el momento los innominados autores afines al Tercer Reich, que hay más sobre Miguel Serrano: “permanentemente elogiado en los textos [de la revista] y hasta entrevistado…” Como Miguel Serrano fue entrevistado también por The Clinic, no se comprende el punto; y son seguramente muchos los que han estado o están dispuestos a rendir homenaje y a elogiar al autor de Ni por mar ni por tierra y Las visitas de la Reina de Saba. Por lo demás, desde esa entrevista que cita The Clinic (de 1989), corrieron muchos números de CC sin que se hablara de Miguel Serrano; hasta sus últimos años, cuando publicó sus Memorias ­–todo un acontecimiento literario en su momento- y fue postulado al Premio Nacional de Literatura; y, evidentemente, también con ocasión de su muerte. CC no parece haber hecho nada muy diferente a otros medios.
¿Y los autores afines al Tercer Reich? Se queda uno esperando precisiones. Como no se trate de “autores como Ernst Jünger, Julius Evola y Carl Schmitt, además de los chilenos Bernardino Bravo Lira –que también colaboró con ella [con la revista]- y Mario Góngora” (la lista de The Clinic). Sólo que de estos ninguno fue o ha sido nazi; y Jünger todo lo contrario (fue cercano a los círculos que planearon el atentado contra Hitler en 1944). La posible excepción es Carl Schmitt; pero –aparte de que es un disparate considerarlo un “fiscal general del Tercer Reich”- se trata de un autor cuya obra filosófico-jurídica trasciende una ideología particular –como que es el maître-à-penser de uno de los autores del programa de Bachelet. En cuanto a Bravo Lira y a Góngora, se trata de dos Premios Nacionales de Historia, cuya obra es lo suficientemente amplia y reconocida en el país como para que tengan necesidad de justificación. En suma, a todos estos autores podemos considerarlos testigos de la defensa, más que de la acusación.
Queda todavía Nicolás Palacios. Además de ser un autor que, por problemas cronológicos, no podría considerarse afín al III Reich, sólo ha sido tratado en CC en tres números (70, 72,73), con ocasión del centenario de su obra Raza chilena; en ellos no sólo se analiza críticamente las tesis “racistas” de Palacios, sino que se recuerda que es el testigo principal de la matanza de la escuela Santa María de Iquique (1907), un ícono de la izquierda en Chile.
Aquí está el punto, precisamente: se puede hablar de Palacios o de Serrano –dos autores muy diferentes entre sí-, o del que sea; la cuestión es qué es lo que se destaca o aprecia en un autor. Muestre la acusación, si puede, cuánto hay de nazismo en las interpretaciones o en los comentarios de CC.
The Clinic es consciente, además, que en una nota de 2004 (N° 70) se “desmenuzó” (en realidad, trituró) no un libro, sino un paper académico (!), un esperpento titulado “El neonazismo en Chile”. Su demolición podría haber disipado cualquier duda al respecto, pero The Clinic rehusa ahondar en la materia.
Entonces, ¿qué queda del nazismo con que se “moteja” a CC? ¿Habrá que pensar en un cripto-nazismo, tan bien disimulado detrás de un mundo plural de ideas que se pierde de vista qué es la realidad y qué el disimulo? ¿Donde una Führerschaft secreta manipula a los incautos redactores (y lectores) que por casualidad no son nazis, hasta que alguno de ellos, más avisado, escapa, un poco como los prófugos de Colonia Dignidad? ¿O hasta que los zahoríes de la ANI, mediante la hermenéutica de textos en que son duchos, descubran la siniestra verdad? Nada de esto es serio.
Viejos tiempos

Finalmente: el flamante ministro del Tribunal Constitucional se ha defendido, por cierto, de los cargos que se le hacen. Se comprende que, por la emoción del momento, sus recuerdos puedan confundirse: no dejó de participar en CC “hace como veinte años”, puesto que todavía participaba en ella en 2010 (ver CC N° 91). Lo que sorprende son sus palabras: “me opuse siempre a cualquier intento de manifestación que pudiera interpretarse como apología o comprensión (?) beneficiosa de alguna ideología”. Es decir, nuestro ministro declara profesar la más completa neutralidad ideológica. Probablemente es lo que algunos esperan de un miembro del Tribunal Constitucional. Que todos se la crean, es otra cosa. Con seguridad, no es lo que ha pretendido nunca CC.R

lunes, 16 de marzo de 2015

SE  LANZÓ

EL PEREGRINO DE LA GRAN ANSIA

LAS VISITAS DE MIGUEL SERRANO
A CIUDAD DE LOS CÉSARES

La obra, edición conjunta de Revista 
Ciudad de los Césares y de Editorial Aurea Catena, fue presentada por el escritor Antonio Gil el  miércoles 6 de mayo , a las 19 horas, en el Museo Vicuña Mackenna de Santiago.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Entrevista a Mario Góngora


 
LA ÚNICA CULTURA AMERICANA

ES LA DEL RESENTIMIENTO

 
Una entrevista al historiador Mario Góngora



«Hay consenso general en que Mario Góngora es el historiador chileno que más se destaca entre los de su generación y ha sido, ciertamente, uno de los más respetados historiadores latinoamericanos de las décadas recientes», decía el historiador británico Simón Collier (The Híspanic American Historical Review, v.63, N° 4, nov. 1983). Más que un profesional de la ciencia histórica (como tal, descuellan sus obras El Estado en el Derecho indiano, 1951; Origen de los 'inqulinos' de Chile Central, 1960, 1974; Encomenderos y estancieros, 1970, etc.), Góngora (1915 -1985) fue un pensador profundo, de inspiración tradicionalista y spengleriana, de lo que dan testimonio su Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX (1982) y los artículos recogidos en Civilización de masas y esperanza (1987) –ver la recensión de éste en CC 2 (julio-agosto 1988) y, en general, "Nacionalismo, tradicionalismo, conservatismo", CC 31, julio-oct 1993).
La entrevista que presentamos a nuestros lectores fue realizada por Hombre y Universo, revista cultural estudiantil de la P. Universidad Católica de Santiago, en junio de 1982, y reproducida por la recordada revista Noreste, de junio de 1990 (Beltrán Mena, director de esta publicación había sido también director de la primera). No se encuentra recogida ni mencionada en Civilización de masas y esperanza. De ahí el interés adicional -esto es, aparte de su contenido- que tiene el proponerla en CC, según el texto de Noreste.


 
[Entrevistador] Herder, Spengler y, pienso, también Toynbee ven en las grandes culturas precolombinas un caso muy excepcional de culturas que fueron interrumpidas en forma violenta estando plenamente vivas. Sin embargo, no se pronuncian respecto a lo que pasó luego de la conquista, si hubo una especie de transfusión o si ocurrió su muerte definitiva.
[M.G.] Bueno, con el conocimiento que tenemos de las culturas precolombinas, no es fácil decir en qué etapa cultural estaban en el momento de la conquista. En el caso del imperio persa o del imperio romano puede decirse que estaban en las etapas finales de su cultura, allí había un imperio organizado. Tal vez imperio incásico estuviera también en una etapa final, pero en el caso de otras culturas no hay una unificación final.   Necesitaríamos más información para saber hasta qué punto estaban vivas todavía.
Ahora, por qué no se pronuncian los morfólogos de la cultura europea sobre el período posterior, eso encara justamente todo el problema del que estamos hablando, ¿no?
Los europeos encuentran América como un Nuevo Mundo, pero este nuevo mundo es para ellos opuesto a la mente occidental, cortan, decapitan las viejas altas culturas, sólo quedan comunas indígenas. Se realiza el intento de colonización, o sea, el traslado de formas culturales europeas a Hispanoamérica.  En este traslado se preserva la cultura occidental, más bien sólo se prolonga en forma debilitada en lo que solemos llamar colonial. En consecuencia, no nace aquí una nueva cultura, eso es lo que me parece reconocer y no que exista una cultura nueva, con símbolos primordiales propios.
La cultura que existe es una cultura occidental prolongada. Debilitada en el sentido de que en este mundo colonial no se vive  íntegramente la dialéctica interna de la cultura europea, sino que se van recibiendo sus resultados. De todo el proceso que vive Europa, desde el siglo XVI, su Renacimiento, su Reforma, su Barroco, sus conflictos religiosos, sus logros culturales, la Ilustración, el Romanticismo, etc., etc., hasta ahora, parecería ser que América española (no sé en la América inglesa, hablemos de la española, que conozco más) va recibiendo sucesivamente productos ya hechos, pero no vive internamente el elemento dialéctico del que han ido surgiendo.
En un primer momento, estos resultados se reciben a través de España, luego se conocen productos literarios, artísticos, políticos, a través de la influencia francesa, es el caso de la Enciclopedia y del siglo XIX; por último; hacia 1930, 40, viene una invasión de civilización mundial de masas, que se atribuye en un comienzo a Norteamérica, pero en la cual está incorporada en realidad Europa. Es una civilización masiva, internacional. Esto, entonces, dificulta mucho más la existencia de una cultura americana propia. Este mundo internacional que se vive sofoca, por decirlo así, casi toda posibilidad de cultura nacional.
¿Dé qué forma eran recibidos estos productos europeos? ¿Provocaban algún debate? ¿Qué tan asimiladas eran estas ideas?
Bueno, hay distintos grados de recepción, hay recepciones superficiales y otras más vivas por parte del americano. En el campo político, durante la Independencia, trata de asimilarse en todos los estratos hispanoamericanos la democracia liberal estilo europeo, que triunfa en Europa después de la Revolución Francesa. Sin embargo, detrás de esta fachada liberal aparecen en la línea política real hispanoamericana liberalismos o conservantismos antiguos, irreconocibles por un liberal europeo. Aparece, por ejemplo, el caudillismo, fenómeno tan propio, tan peculiar de Hispanoamérica, más primitivo que el caudillismo que existía por lo demás en España. De modo que la forma democrático-liberal es una fachada detrás de la cual hay una vena política propia, diferente.
En filosofía, hombres como Andrés Bello intentan una asimilación más seria, a un nivel más profundo, de ciertas escuelas filosóficas europeas. En Chile, un poeta como Vicente Huidobro vive más de cerca todo el movimiento de la poesía francesa de 1914-30.
De tal manera que hay grados de recepción distintos, más o menos profundos; pero que uno pueda reconocer en ello una cultura americana diferente, eso es distinto.
¿Existe algún intento de definir lo propio y de ir a ello en América? ¿Existe algún grado de aceptación de sí mismo en los americanos?
Es que no se sabe. Luego de la muerte de las culturas indígenas, no hay una conciencia cultural clara. Los estados nacionales logran crear cierta conciencia política, existe Chile, existe Argentina, Brasil; se crea por lo menos una conciencia político-territorial, eso es cierto.
Pero conciencia cultural..., bueno, hay niveles distintos, niveles diferentes de conciencia cultural, para unos ésta consiste simplemente en estar al tanto de todo lo que se está produciendo en Europa y en los Estados Unidos. Para otros la conciencia cultural tendría que ser el revivir los mismos pensamientos que se van dando en Europa, en toda su dialéctica propia, en todo su movimiento interno, intentar eso. Pero una conciencia cultural, así como se dice Europa... El europeo se siente europeo, en Europa o fuera de Europa. Yo no veo claro que un hispanoamericano o portugués-americano tenga conciencia de lo que es.
¿Es indispensable el tener esa conciencia cultural para que exista una cultura que puede ser de otra forma, intuitiva?
Claro, pero entonces no podemos hablar de ella todavía, a lo mejor existe. Hay etapas más arcaicas de una cultura, en que está oculta bajo el prestigio de formas culturales anteriores. Europa misma en sus comienzos se siente parte del imperio romano, en los comienzos de la Edad Media; no adquiere conciencia todavía de ser Europa. Ahí está lo imprevisible, de este modo es posible que estuviésemos en una etapa inconsciente.

Tal vez no sea tan imprevisible ¿Cree Ud. que en la época colonial se encuentra algún elemento del cual no se tuviera conciencia en ese momento, que visto desde nuestro actual punto de vista revista cierto carácter de originalidad cultural?
Los europeos primero creen encontrar las Indias. Colón cree llegar a Oriente, se esperaba Jerusalén. Los misioneros del siglo XVI creían una nueva cristiandad posible. Después los norteamericanos proclamaban que la civilización se traslada de Europa a América. De tal manera que la idea de lo nuevo, de lo opuesto, es yo diría lo más original que tienen algunos sectores del mundo colonial. Pero ser nuevo, por sí solo, sin determinarse, sin configurarse contenidos..., lo nuevo es simplemente la oposición a lo antiguo, ni implica por sí mismo un contenido formalmente diferente. Por otra parte, son europeos los que dicen que esto es el Nuevo Mundo, son los europeos los que descubren aquí la oposición a su propio mundo europeo y que por eso viajan, es lo exótico, el salir de Europa, el encontrar aquí posibilidades que no han tenido allá, Pero no podemos llamar a esto una cultura.
Los morfólogos de la cultura dicen que la cultura europea se define por tener como símbolo primario el espacio infinito. Aquí en América, los hombres que buscan América como algo nuevo buscan simplemente lo que no está sujeto a las mismas formas culturales europeas, lo que es libre en el sentido político, religioso, etc... Pero no puede definirse en este caso un símbolo primordial. Aunque el carácter de nuevo mundo sea lo más original hasta ahora, no es suficiente para decir que conforma una cultura; por lo menos así me lo parece.
¿Dónde podemos situar la primera generación que se siente americana? ¿Dentro del período colonial mismo? ¿En la generación que va a hacer la emancipación?
Parece que en el XVIII hay ya clara conciencia de ser "otros"; pero no todavía "naciones".
¿En base a qué?
Ven la naturaleza como algo nuevo. Pero están movidos más bien por el… resentimiento. O sea, demostrar que el mundo criollo, el mundo americano no es inferior al mundo europeo y que basta con que sea educado, cultivado o libre políticamente para ser lo mismo que el europeo. Ahí hay un resentimiento más que la revelación de algo nuevo que emerge. En el siglo XVIII, los jesuítas expulsos, toda esa literatura, los norteamericanos estilo Jefferson, etc..., son más bien una oposición al mundo, un afán de igualarse al mundo. En el fondo es más bien un resentimiento que la afirmación de una nueva visión.

Actualmente, en Chile, se insiste mucho en buscar el origen del pueblo, y se le busca en el "aborigen", se da mucha importancia a la raíz araucana, diaguita..., en fin. ¿Esto no es, entonces, nuevo, sería aún resentimiento?
En parte, todo grupo humano busca sus orígenes, eso ya sería constante, general; en ese sentido no sería resentimiento, sería un reconocimiento de las propias raíces, podría ser auténtico, pero suele ir mezclado con lo otro. Yo siempre veo el caso de los jesuítas, un Clavijero por ejemplo y su doble motivación, el resentimiento por un lado (siempre han sido expulsados, disueltos por el Papa, en fin) y en parte por esa constante de reconocer sus antepasados, que es positiva, valiosa.
En ese sentido la admiración por la cultura francesa –fundamentalmente- podría ser considerada en oposición a la cultura española, de algún modo como reflejo de ese resentimiento.
Claro, puede tal vez serlo, porque yo dudo que los hombres admiradores de Francia hayan vivido realmente la cultura francesa en toda su dialéctica interna. Se sienten entusiasmados, por ejemplo, por Victor Hugo, que en el siglo XIX tenía un gran prestigio poético, pero no saben que detras de Victor Hugo está el romanticismo alemán. Es curioso eso, no hay verdadero romanticismo en América. Porque el romanticismo es demasiado una apelación a un germanismo primitivo, no concordaba con este otro afán de libertad política de los americanos del XIX; en cambio, los románticos franceses son de tipo liberal, social. Ven en ellos, entonces, la contraposición al dominio español.
Por otra parte parece ser que España tampoco comunica; yo creo que Hispanoamérica tampoco vive el Siglo de Oro. O sea que tampoco hay una base cultural española sublime. Cervantes, Calderón, hay muchos que no han sido vividos en América, no se han vivido los dramas internos de "La vida es sueño" o la nota cervantina, en fin. España, cuando fue culturalmente creadora, tampoco dio eso.
            ¿Cree Ud. que se traslada a América ese sentimiento de desazón, de una cierta frustración que parece existir en la cultura española después de este gran período?
            Sí no se vive el Siglo de Oro, tampoco puede vivirse su caída. Yo creo que Garcilaso, Fray Luis de León, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Góngora (bueno, de Góngora dicen que hay imitación de su poesía en ciertos escritores coloniales, ¿no es verdad?), pero bueno, en fin, no creo que se viva todo el proceso del Siglo de Oro. En consecuencia, el derrumbe de España, que siente Quevedo, por ejemplo, que yo sepa tampoco se vive en América.
Simplemente se vive la realidad colonial, la administración española, la piedad católica oficial, no se ve la crisis. Viene a sentirse la crisis en el XVIII, en el período de la Ilustración, ahí España deja de ser maestra, es como discípula del resto de Europa; eso sí repercute en América.
Pero la gran cultura española, que se puede decir agoniza en 1650, yo creo que no se vive. Lo francés, bueno, sería un intento de beber la cultura moderna; en esos distintos niveles de recepción que hablamos aparece más vivo el afán de modernidad; por ser nuevo mundo, justamente, creen que pueden vivir mejor lo moderno, mejor que España. Entonces encuentran a Francia.
Si el Siglo de Oro no se traspasó a América, ¿qué se vivía en América en esa época, de qué se tenía conciencia?
Primero, había lo religioso, que sería todo un problema digno de pensarse. Había una conciencia católica, a lo hispánico ¿no? De devoción popular profunda y dirección total por el clero, no de vivencias religiosas personales. Pero existe eso que es capital en Hispanoamérica, lo católico. De lo cual yo aprehendo esos dos rasgos fundamentales: una devoción afectiva profunda, una decisión inquebrantable, de entrega y por otra parte una dominación por el clero, la creencia de que lo decisivo en la Iglesia es la obediencia incondicional al clero: esto se ve hoy día con claridad, el clero cambia de signo, de posición política, pero se entiende que no se le puede desobedecer. Eso es importante.
Segundo, hay lo que se lee, según se ve en bibliotecas: se leen bastantes libros de caballería, que alimentan la imaginación, pero grandes novelas no. No se conoce el Quijote, por ejemplo; hay sólo una biblioteca, la de los Lisperguer, que lo tenía. Existen listas de inventarios de bibliotecas recolectados por otra gente, por mí, etc... Son textos de caballería fundamentalmente, hay Sto. Tomas, Sta. Teresa, algo de novela picaresca, historia española del XVI, literatura devota. Esto en las bibliotecas particulares, además existen bibliotecas profesionales, de Derecho y Teología.
Le repetimos una pregunta que nos respondió en parte. ¿Se crea siquiera en América el debate en torno a las ideas europeas? ¿O no se da siquiera el debate?
Bueno, ahí vino el debate célebre de fines del XVIII, lo que Gerbi, un investigador reciente italiano, llama la "Disputa del Nuevo Mundo"', que versa fundamentalmente sobre una defensa de América frente a la imagen rebajadora de ella que existe en Europa. Se dice, por ejemplo, que América hace degenerar las especies. Entonces salen en defensa de los americanos estos jesuítas expulsos, o una infinidad de escritores de fines del XVIII. Esta defensa frente a Europa es, ya lo dijimos, en parte por polémica, en parte por resentimiento y en parte por reconocimiento patrio.
Ese es el gran debate entonces. A lo largo del XIX, del XX, el debate ha sido incesante, el ver si América es o no es, si tiene o no tiene, Ahí viene una serie de grandes pensadores, Bello, recogiendo al nivel más alto posible: para él la filosofía europea y, a un nivel más profesional, el derecho. Sarmiento, más bien reconociendo América como América, como bárbara, etc..., pero proponiéndole como modelo de civilización a Estados Unidos, no Europa (ahí habría una postura diferente, americanista). Vasconcelos, en México, piensa que América puede no sólo recibir influencia de la cultura europea, sino también de la India, del Oriente.
El debate se prolonga incesantemente, siempre tratando de afirmar que América es diferente, pero yo pienso que justamente en eso hay un motivo de resentimiento. En vez de vivir sin comparación, se compara.

 Parece ser que es en el campo de la creación política donde América más se acerca a un camino propio.
Lo político sería la vivencia fundamental de los hispanoamericanos desde 1810. Digamos, desde el momento en que tienen ya destino propio, comienzan a ser personas propias, personalidades; van surgiendo los caudillos. Va surgiendo un clima un poco del Lejano Oeste: el caudillo entrega todo, cambia de posiciones, despierta la admiración; cuando cae, cae víctima del odio más feroz. Hay un "maquiavelismo" muy fuerte en América. Lo más vivo viene a ser la política, con estas personalidades caudillescas, que dominan el arte de la política, con todas sus astucias, tienen una originalidad "cultural", sin plantear ninguna doctrina (pero eso es también propio de América, ¿no?). Este caudillismo prosigue en el siglo XX con caudillos civiles, como Alessandri el viejo. En fin, caudillos que varían, que se hacen algunos más rústicos, estilo Rosas, otros más civilizados, manejando lo económico, lo técnico.
Pero mire, eso más que una cultura es como una vida política de frontera. Es como que en las fronteras de Occidente se da entonces esto con fuerza, desde Bolivar hasta hoy.
¿A qué puede deberse esta admiración general de los americanos por ciertos personajes como Bolívar y San Martín?
Creo que no habría otros, me refiero a Bolívar más que nada; San Martín es una admiración argentina. Bolívar sirvió como símbolo, como una oposición al norteamericanismo.
¿Considera Ud. que Europa conserva una cultura propia o está sumergida en esta "civilización mundial de masas"?

Claro, algo tiene todavía, pero evidentemente ya en retirada frente a esta mundialización. Al comienzo se le sintió sólo como una "norteamericanización", pero ya aparece como una cultura masiva global, en que colaboran formas europeas, italianas, por ejemplo, pero en un plano mundial.
Descripción: Logo chico.jpgEn las capas populares tal vez... todavía se puede decir "el pueblo inglés", pero van desapareciendo.
 
Publicada en Ciudad de los Césares N° 46, Invierno de 1997.